
Por Felipe Mata
Para un taller en el que voy a participar, he propuesto una lectura de Immanuel Wallerstein, en particular el texto que aborda la cultura como el campo de batalla por excelencia donde se libra la batalla ideológica, de esa oportunidad, surge esta colaboración.
Desde una perspectiva wallersteiniana, la derecha latinoamericana representa una traición orgánica de las derechas nacionales que, en su búsqueda de maximizar beneficios a corto plazo, priorizan la alineación con centros hegemónicos externos en detrimento de la soberanía y el proyecto nacional. Esta lógica desnacionalizada, característica del capitalismo transnacional en crisis, reduce la patria a un mero espacio de acumulación intercambiable. En México, la ultraderecha que clama por la intervención estadounidense reproduce fielmente esta dinámica de clase, privilegiando la recuperación de privilegios económicos sobre la integridad territorial y el interés popular.
El caso venezolano es paradigmático: figuras como María Corina Machado encarnan la abdicación de cualquier pretensión nacional, llegando a solicitar intervenciones militares extranjeras contra su propio país. Su fracaso histórico no fue casual, sino resultado de la resistencia de un nacionalismo popular latente y de las contradicciones del sistema interestatal en declive. Los sectores que promueven la sumisión geopolítica no comprenden que el centro hegemónico al que se adhieren, Estados Unidos, ya no posee la capacidad unilateral de imponer soluciones en la región.
Sostengo que la petición de intervención estadounidense por parte de la ultraderecha mexicana constituye una traición geopolítica anacrónica. En un período de bifurcación sistémica y de crisis de la hegemonía global, estas elites insisten en alineamientos obsoletos, ignorando que la soberanía nacional sigue siendo un valor movilizador decisivo para las mayorías sociales. Su proyecto, puramente entreguista, carece de base social suficiente y choca contra el sentimiento patriótico que permea a amplios sectores de la población.
La derrota de los intentos desestabilizadores en Venezuela, y el fracaso político de figuras como Machado, debe leerse como una advertencia para las derechas de América Latina: la traición a la patria, aunque estructural en su lógica de clase, está condenada al rechazo histórico. No se trata de una cuestión moral, sino de la imposibilidad material de sostener un proyecto político que renuncia a la autonomía nacional en un mundo cada vez más caótico y multipolar.
El dilema latinoamericano sigue siendo cómo construir alternativas de soberanía y justicia social en la semiperiferia del sistema-mundo. Frente a la opción de la derecha, que solo profundiza la dependencia, se requiere acelerar la profundización de proyectos como el de la Cuarta Transformación que priorizan la vida de las mayorías. La lección es clara: la traición a la patria, por más que se disfrace de pragmatismo económico y de defensa del interés nacional o de la democracia, encuentra su límite en la voluntad soberana de los pueblos, ese es el caso de México.
