OPINIÓN | PARALIPÓMENA POLÍTICA – Aprender a jugar ajedrez en el 2026

Posted On By Redacción
0 0
Read Time:10 Minute, 24 Second

Por Gerardo Flores

En Michoacán se repite, con una solemnidad de misa de siete, una frase manida: “después del asesinato de Carlos Manzo el tablero político cambió completamente”. Se dice como quien deja caer una pieza en cámara lenta, esperando que el público aplauda el sonido. Pero casi nadie explica qué tablero, qué piezas, ni qué significa exactamente “cambió”. Como si la política fuera un tablero decorativo: se mira, se comenta, se presume… y no se juega.

Así que hagamos lo que se hace en el ajedrez cuando alguien asegura que “la partida dio un giro”: volver a la posición, contar material, revisar quién tiene el centro, qué rey está expuesto y qué líneas se abrieron. No para romantizar la tragedia —en política real hay muertos y no peones— sino para no convertir el asesinato de Manzo en un falso gambito: esa jugada psicológica donde se sacrifica la verdad para ganar narrativa.

Apertura: el Gambito del Sombrero (marca registrada)

El Movimiento del Sombrero entró al tablero como esos jugadores que creen que el ajedrez se gana gritando jaque cada tres jugadas. Durante semanas intentaron vender la idea de que la tragedia los catapultaba a una partida estatal: que el asesinato había creado un “nuevo orden” donde el movimiento disputaría la gubernatura. Un relato inflado, apoyado en encuestas de utilería —esa PollsMx que circuló a los 15 días del asesinato de Manzo— y en el oportunismo de siempre: convertir dolor en rating, desesperación en plataforma, indignación en mercancía.

Pero han pasado casi tres meses y lo que aparece es el poco alcance político del movimiento en términos de poder real territorial, no se ganan elecciones con una opinión pública favorable, se ganan pudiendo movilizar votantes en municipios y regiones a los que le es indiferente la tragedia de una familia con sombrero. Probablemente conserven Uruapan y las dos diputaciones locales que les corresponden: un feudo, dos piezas. Eso no es una coronación; es una defensa de posiciones. En ajedrez sería algo así como descubrir que, tras el ruido del ataque, en realidad sólo estás jugando una Defensa Pirc: mucho gesto, mucha flexibilidad, y una promesa de contraataque que a menudo no llega porque nunca tomaste el centro.

Y dentro de esa defensa ya se ven grietas. Carlos Alberto Bautista Tafolla, probable asesorado por grupos cercanos a la ultraderecha —con los que coincide por biografía y por estilo: empresario advenedizo, versión de Salinas Pliego con paletas de aguacate— intenta jugar como si su berrinche fuera estrategia: chantajista, moralista a ratos, altanero siempre, apelando a lo peor de nosotros discursivamente mientras va a misa o instrumentaliza la emoción. Quiere que el juego sea una mezcla de póker y púlpito: amenaza, llora, acusa, se victimizan, y luego dice que nunca dijo lo que sí dijo.

Del otro lado, Grecia Quiroz parece entender algo que en el ajedrez se aprende a golpes: no toda partida se gana “yendo por el rey” desde el movimiento 3. Ella administra límites. Sabe que su capital simbólico es grande, pero no infinito; sabe que Uruapan es un municipio endeudado hasta los topes; sabe que la inseguridad está “controlada” en la medida en que depende de fuerzas federales. Sabe también que a veces, mientras en redes fustiga altaneramente a esas fuerzas, en lo corto ruega a Bedolla y a Harfuch que no se muevan, porque teme por su vida. Quiroz juega lo que juega todo jefe de plaza política cuando no se quiere suicidar: defiende el feudo. No busca la guerra por el estado, busca no perder el tablero donde ya tiene piezas colocadas. Es una jugadora más de sistema Colle que de sacrificios románticos: estructura y control, no épica.

Medio juego: la “sucesión adelantada”, o el descubrimiento del agua tibia

Del lado morenista, cada vez que alguien mueve una pieza, aparece el coro de los sabios diciendo: “es sucesión adelantada”. Lo dicen como si hubieran descubierto una apertura secreta, cuando en realidad es la frase más perezosa del ajedrez político: toda disputa interna por el poder en un partido gobernante siempre es “sucesión adelantada”. No explica nada, sólo etiqueta.

Lo que sí explica —y aquí está el cambio real en el tablero— es que en 2024 hubo un gesto que alteró la lógica de construcción de candidaturas: puedes ganar la encuesta y aun así perder la nominación, como pasó en la interna del Senado, donde Torres Piña y Alanís ganaron y la dirigencia nacional decidió otra cosa para “reparar deudas históricas”. Eso sembró nerviosismo. Porque si el método no es garantía, entonces el poder real no está en la encuesta sino en la palanca: en quién tiene ancla con la nueva cúpula nacional, quién puede alinearse con prioridades presidenciales, quién representa un proyecto y no una costumbre.

Por eso Raúl Morón y su grupo reaccionan con onanismos editoriales cada vez que en la mañanera se menciona que en 2021 se cometió una injusticia contra él. Lo leen como señal divina, como si fuera la variante teórica que les asegura la partida. Pero Luisa María Alcalde ha dicho una y otra vez —claro, directo, sin floritura— que en Morena no le deben candidaturas a nadie. Ese mensaje circula hace meses, pero no conviene a quien se siente el “Obrador michoacano”, a pesar de que jamás vio un movimiento de masas detrás de él exigiéndole a Lorenzo Córdova devolverle la candidatura. En ajedrez, creer que una frase del árbitro te garantiza la victoria es confundir el reglamento con la posición.

Además está la variable que muchos minimizan porque no les gusta: el tiempo de mujeres, plataforma de Claudia Sheinbaum. Eso puede ser —si así lo decide el centro— una forma de refrescar perfiles y de cortar inercias locales. Y ahí sí deberían preocuparse quienes vienen del perredismo o quienes no tienen una línea de poder que los ancle al nuevo núcleo nacional: ya vimos que la encuesta importa poco. Pregúntenle al propio Carlos Manzo, que ganó la suya cuando todavía era morenista. En política michoacana, como en ajedrez, el método es útil hasta que deja de serlo.

La derecha: jugar en el clóset, esperando un milagro

El PAN sigue jugando el vergonzoso ajedrez del clóset del conservadurismo —el chiste es intencional—: saben que la marca vale poco, y que sólo la mantiene a flote un alcalde altanero al que no le alcanza para construir una candidatura estatal. Quizá sueñe con juntar material para negociar una senaduría, transitar del 2030 al 2033 y ver si nuevos aires más favorables a los cipayos como él se pintan en Michoacán. En discurso dirán otra cosa, pero en el fondo saben lo elemental: es difícil disputar el poder a un partido con estructura aceitada, 2,500 comités seccionales, cientos de COTs y control administrativo nacional y estatal. Su disputa será granular: ayuntamientos, algunas diputaciones locales, y el milagro de que dejen correr a sus mejores perfiles en lugar de seguir obedeciendo a los hermanos Cortés o a Quintana, que sólo convencen a los morelianos que juegan golf con ellos.

El PRI está irremediablemente perdido. Quizá alcance la telenovela de los Valencia para seguir mamando del erario —en sentido estricto—, pero como fuerza real difícilmente moverán algo más que municipios pequeños donde todavía pesa el cacicazgo, su único capital sobreviviente. El PRDM huele a Gayosso: se atisba a leguas su desesperación. Michoacán es casi el único estado donde existen. Defenderán con uñas y dientes sus ayuntamientos y buscarán alianzas locales con Morena o con el PRI para nuevos espacios; no pueden aspirar a nada más. Y Araceli Saucedo haría muy mal en mantener vivo su cordón umbilical con su gemelo muerto: mejor devorarlo de una vez.

Los satélites: cuando los peones se sienten torres

En este descalabro, los grandes ganadores son los satélites: PVEM y PT. No porque sean hegemónicos, sino porque cuando se caen los grandes, los medianos hacen negocio. Es probable que sean instrumentalizados —a través de sus diputados locales— para recuperar alcaldías clave: Puruándiro, Hidalgo, Huetamo, Zamora, Los Reyes, Sahuayo. Y es probable que tengan éxito.

La pregunta, entonces, es la que sí tiene veneno: ¿le pagará Morena nacional a Neto Núñez ese favor con la alcaldía de Morelia que sueña desde hace años? En el caso del PT, están en su mejor momento, pero les urge sangre nueva. Veremos morenistas desfilar hacia el PT sin el menor empacho: “no es traición, es estrategia”, dirán, como si el acomodo fuera ideología. Y en el horizonte de la reforma electoral, quizá ese tránsito sea el paso natural.

Y MC, mientras siga siendo propiedad práctica de Carlos Herrera Tello y refugio de un enjambre variopinto de irrelevantes sin propuesta diferenciadora, seguirá igual: ganando donde nadie quiere gobernar, o donde hay que aliarse impúdicamente con el crimen organizado, y hasta organizar fiestas para agradecerle al señor de los gallos. No es una apertura; es un final eterno.

Entonces, ¿qué cambió? La jugada no fue táctica: fue psicológica

Todo eso ya estaba en el tablero antes del asesinato de Manzo. Entonces, ¿qué cambió exactamente?

La respuesta es más simple y más brutal que cualquier teoría: lo que cambió fue la percepción simbólica de legitimidad de ciertas piezas dentro de Morena, y eso reacomodó líneas internas.

Aunque es difícil creer con seriedad que Leonel Godoy, Morón o Nacho Campos hayan sido autores intelectuales del asesinato (sería tremendamente tonto e iría contra sus intereses), lo cierto es que simbólicamente, para una parte importante de la ciudadanía, ellos fueron los autores. Y eso, en política real, cuenta como material perdido. No se mide en actas, se mide en encuestas internas. Se mide en el costo de tenerlos al frente de la marca. Se mide en el peso muerto que arrastras cuando quieres avanzar.

Ahí entra el lapsus de Godoy (no dijo ceder la candidatura pero sí dijo que podrían aceptar la alternancia de género si el partido lo decide) —circulado descontextualizado, pero revelador— y la campaña desesperada de que sólo el senador “garantiza” que Morena conserve la gubernatura. Es la fantasía del enfermo terminal que cree que ir de rodillas al Señor de los Milagros cura la metástasis. La transparencia del gesto de Neto Núñez abandonando públicamente al senador; las cada vez más pobres “asambleas informativas” que por alguna razón suben a sus redes los voceros Juan Pablo Puebla y Fidel Calderón; el hecho de que Juan Carlos Barragán ya no sea visto en ninguna de ellas; la actitud ambigua de Janet Márquez que antes posaba orgullosa junto al senador; pronto veremos a Sandra Garibay volver a los entorno de Juan Pablo Celis; y a la despistada Belinda Hurtado pedirle a Reginaldo Sandoval que apoye a su hermana para sucederla en la diputación… en ajedrez eso se llama pérdida de coordinación. Y ya se sabe lo que se dice de los roedores y los naufragios.

Ese es el tablero que cambió: que ya entendieron que la “injusticia cometida contra Morón” —como repitió hace unos días la presidenta en el contexto de fustigar a Lorenzo Córdava, Juan Carlos Ugalde y Ciro Muyama que se han autoerigido en el faro moral de la derecha académica— no alcanza para que la candidatura sea suya. Se les escapa entre los dedos. Y como en el diván del paciente, sale el lapsus: “recuperemos Michoacán” la campaña de la que parecen estar muy orgullosos, como quien le dice accidentalmente mamá a su amante. Puede leerse como que se sienten fuera del movimiento, siguen extrañamente haciendo una campaña contra el gobierno de morena en el estado a la vez que aspiran a pedir el voto por el mismo partido, tal nivel de disonancia cognitiva es impresionante; también puede leerse literal: para ellos Michoacán ya está perdido y quieren recuperarlo. Ansían hacerlo. Y por eso cada gesto se siente más desesperado.

Final abierto: ¿quién trae la mejor línea?

Estamos a pocos meses de descubrir qué sigue: si la cargada oficialista alrededor del gobernador; si la presidenta de la JUCOPO con su cercanía al círculo de poder de Sheinbaum; o si habrá albazo con un perfil nuevo, “purificador”, que intente limpiar la marca en un estado objeto de una guerra mediática obscena.

Pero la lección de estos meses es clara: el asesinato de Carlos Manzo no cambió el tablero porque haya creado un “nuevo orden” automático. Cambió porque abrió líneas, porque expuso piezas, porque dejó reyes al descubierto. Y porque en Michoacán muchos juegan al ajedrez como si fuera dominó: creyendo que basta con gritar más fuerte para que las fichas obedezcan.

Conviene empezar a aprender a jugar ajedrez.

 

About Post Author

Redacción

Happy
Happy
0 %
Sad
Sad
0 %
Excited
Excited
100 %
Sleepy
Sleepy
0 %
Angry
Angry
0 %
Surprise
Surprise
0 %

Average Rating

5 Star
0%
4 Star
0%
3 Star
0%
2 Star
0%
1 Star
0%

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *