OPINIÓN | PARALIPÓMENA POLÍTICA – Negre, Badabun y la internacional reaccionaria en Michoacán

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Por Gerardo Flores

Para analizar el llamado “Movimiento del Sombrero” en Michoacán sin caer ni en el desprecio automático ni en la exageración paranoica, conviene decirle algo al lector antes de empezar: no estamos frente a un fenómeno espontáneo ni frente a una fuerza social orgánica que haya madurado en el territorio. Tampoco estamos ante una conspiración todopoderosa que controle todos los hilos. Estamos ante algo más específico y más contemporáneo: una operación de guerra cultural importada, que funciona como burbuja mediática, y que intenta convertir visibilidad digital en fuerza política real.

El error habitual es mirar el fenómeno sólo desde Michoacán, como si se tratara de una anomalía local o de una peculiaridad del contexto estatal. El encuadre correcto exige levantar la mirada: lo que estamos viendo es un nodo periférico de la internacional reaccionaria, esa constelación de empresarios mediáticos, operadores de desinformación, plataformas virales y actores políticos locales que, en distintos países, ensayan la misma fórmula con variaciones mínimas. Cambian los nombres propios; no cambia el método.

La lógica es conocida y ha sido analizada por muchos especialistas en medios: importar formatos de guerra cultural, saturar redes con narrativa emocional, inflar artificialmente liderazgos “antisistema”, forzar su entrada en la agenda pública y obligar al adversario a reaccionar en un terreno que no controla. No se busca ganar de inmediato; se busca erosionar, confundir y simular alternativa.

En el centro del dispositivo aparece una dupla que no actúa como periodistas ni como analistas, sino como operadores profesionales de polarización: Fernando Cerimedo y Javier Negre (dueño de La Derecha Diario). Su importancia no está en lo que opinan, sino en la función que cumplen.

Cerimedo representa el perfil del arquitecto de guerra informativa. Su trayectoria documentada en Brasil, donde fue ubicado por autoridades y verificadores dentro de un núcleo de desinformación ligado al bolsonarismo tras la elección de 2022, permite entender su método: no producir hechos, sino construir marcos de sospecha técnica. Institución equivale a fraude; régimen equivale a crimen. El contenido se presenta con apariencia de rigor —videos recortados, gráficos, supuestas anomalías— pero su función no es probar, sino habilitar emocionalmente la desconfianza. El activo de Cerimedo es transnacional: convertir episodios locales en agenda regional, exportar conflictos y reciclarlos como insumo ideológico.

Negre cumple otro rol complementario. No diseña el marco sino que lo monetiza. Es un empresario mediático de polarización cuya historia judicial en España, marcada por litigios por derecho de rectificación promovidos por FACUA, ilustra su modelo de negocio: empujar el límite de la falsedad sabiendo que la corrección llega tarde y con menos alcance. La Derecha Diario no opera como medio informativo, sino como franquicia de guerra cultural, con ediciones locales, producción barata y distribución social-first. La política no es aquí un campo de deliberación, sino un producto de escándalo permanente.

Este aparato, por sí solo, no genera fuerza política. Necesita anclajes locales, símbolos emocionales y canales de distribución masiva. Ahí entra el elemento clave que suele pasarse por alto: las fanpages de Carlos Manzo.

Las páginas “Carlos Manzo presidente sí”, “Red de Apoyo Carlos Manzo”, “Movimiento Civil Carlos Manzo” y sus variantes estatales no son simples expresiones de simpatía. Funcionan como infraestructura digital de la operación. No disputan programas ni organizan militancia; producen sensación de masa. Likes, seguidores, imágenes de multitudes, consignas simples. Su valor no es la profundidad del apoyo, sino la repetición. A fuerza de volumen, el liderazgo se naturaliza.

Estas fanpages cumplen tres funciones estratégicas. Primero, despersonalizan la autoría: no es un medio extranjero el que impulsa el relato, “es la gente”. Segundo, preparan el terreno para la amplificación: cuando La Derecha Diario, Badabun o cuentas nacionales retoman el tema, ya existe un archivo visual y simbólico que simula arraigo. Tercero, permiten la exportación del caso: un liderazgo local puede presentarse como “fenómeno nacional” porque su presencia digital ya está fragmentada por estados.

Aquí la pregunta clave no es cuántos seguidores tienen esas páginas, sino cuántos de esos seguidores se traducen en estructura, cuadros, organización territorial. Y ahí aparece la grieta central de la burbuja: la visibilidad no sustituye a la correlación real de fuerzas. El ensamblaje se completa cuando un hecho traumático real permite acelerar el posicionamiento. El asesinato de Carlos Manzo —un hecho público, doloroso y legítimamente cubierto por medios nacionales e internacionales— genera una carga emocional que ningún operador necesita inventar. Lo que sí se construye es el uso político del trauma. La toma de protesta de Grecia Quiroz como alcaldesa sustituta le da centralidad institucional; la polémica nacional con Gerardo Fernández Noroña convierte un caso local en agenda nacional; la intervención de Claudia Sheinbaum llamando a la sensibilidad amplifica aún más la visibilidad. Posteriormente, un ranking de Mitofsky que la coloca en primer lugar funciona como legitimador técnico, fácilmente reempaquetable. Finalmente, La Derecha Diario México y su ecosistema viral presentan todo el conjunto como prueba de liderazgo excepcional.

Nada de esto, por separado, prueba una conspiración. En conjunto, muestra un patrón de posicionamiento acelerado: trauma real, conflicto nacional, ranking técnico y amplificación ideológica. Es la misma fórmula observada en otros países donde la internacional reaccionaria intenta fabricar alternativas políticas sin base social suficiente.

Este ecosistema no flota en el vacío. Se inserta en un contexto nacional donde figuras como Ricardo Salinas Pliego aparecen, documentadamente por Reuters, como magnates mediáticos en confrontación abierta con el gobierno federal y con intereses claros en la disputa política. Existen señalamientos públicos de alineamiento entre La Derecha Diario y el universo comunicacional de Salinas. En un evento reciente de la CPAC, Negre reconoce que Salinas Pliego lo trajo a México para dar la batalla cultural.

Llegados a este punto, la pregunta relevante no es si esta operación tendrá éxito electoral inmediato, sino qué tipo de daño político busca producir aun cuando no gane. La internacional reaccionaria no mide su eficacia sólo en votos, sino en desorganización del sentido. Su apuesta central es desestabilizar el marco desde el cual se juzgan los hechos: erosionar la confianza institucional, banalizar la violencia política y convertir cualquier conflicto en un espectáculo moralizado donde ya no importan los procesos, sino los gestos.

Por eso la clave no está en la figura concreta que hoy ocupa el centro del encuadre —Carlos Manzo, Grecia Quiroz—, sino en la infraestructura que permite que esas figuras sean intercambiables. Las fanpages cumplen aquí una función decisiva: no organizan políticamente, pero simulan organización; no producen deliberación, pero producen volumen; no construyen hegemonía, pero imitan sus formas externas. Likes, seguidores, fotografías multitudinarias y consignas repetidas operan como sustituto visual de una fuerza social que, en términos materiales, no existe en la misma proporción.

Ese es el punto fino que suele perderse en la discusión pública. La operación no consiste en convencer a grandes mayorías, sino en forzar un error de lectura: hacer creer que estamos frente a un actor político consolidado cuando en realidad estamos ante un artefacto mediático inflado. De ahí la insistencia en rankings, encuestas parciales y legitimadores “técnicos”: no para medir una realidad, sino para fabricar una percepción que luego pueda circular como hecho consumado.

El riesgo político de responder mal a este tipo de ofensiva no es que el adversario gane la discusión, sino que imponga el terreno de la discusión. Si el gobierno o los actores institucionales entran en la lógica del escándalo, personalizan el conflicto o moralizan la disputa, validan el encuadre que la operación necesita para seguir escalando. El conflicto deja de girar en torno a políticas públicas, resultados o capacidades de gobierno, y pasa a organizarse alrededor de emociones, agravios y provocaciones calculadas.

Desde este ángulo, la internacional reaccionaria no opera como un bloque homogéneo ni como una conspiración cerrada, sino como un ecosistema oportunista que se activa allí donde detecta trauma, polarización y vacío narrativo. Michoacán aparece como un laboratorio más, no porque sea excepcional, sino porque reúne las condiciones para intentar una traducción local de una estrategia ensayada en otros contextos nacionales.

Entender esto permite ajustar la respuesta sin sobreactuarla. No se trata de negar la existencia del fenómeno ni de sobredimensionarlo, sino de restituir proporciones. La política no se juega en el número de publicaciones ni en la intensidad del ruido digital, sino en la capacidad de articular intereses sociales, producir resultados verificables y sostener legitimidad institucional en el tiempo. Todo lo demás —por más estridente que sea— pertenece al orden de la espuma. El error estratégico sería confundir esa espuma con ola. El error analítico, aún mayor, sería dejar de explicar cómo se fabrica.

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