OPINIÓN | La FIFA Frente a su Propio Límite

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Por: Javier Salinas

En los últimos meses, Gianni Infantino, Presidente de la FIFA ha empujado una idea que, si se concreta, podría redefinir por completo la arquitectura económica y deportiva del fútbol mundial: crear una filial con participación de capital privado para monetizar el activo más valioso del organismo, los mundiales. No es un concepto innovador de generación de recursos. Es un giro estructural y rendición ante poderes económicos superiores a la ética democrática del futbol, viola la gobernanza interna hasta el equilibrio competitivo global.

Hoy la FIFA funciona como una organización civil multilateral. No es empresa, no es gobierno, no cotiza, no responde a accionistas. Su músculo financiero depende casi por completo de la explotación de sus competiciones, especialmente el mundial masculino, que concentra la mayor parte de los ingresos del ciclo. El resto —mundial femenino, futsal, mundial de clubes, fútbol playa— suma poco, no define. Lo que rige al futbol es la Copa del Mundo.

El volumen estimado del cuatrienio, 2022-2026, ronda los 11 mil millones de dólares, con proyecciones que podrían acercarse a 14 mil millones en el periodo actual. Ese dinero sostiene la operación global y se distribuye entre las 211 federaciones miembro, de las cuales más de 100, viven y dependen de esos fondos para existir. La FIFA es una institución de escala planetaria, comparable a organismos internacionales, con un peso simbólico que atraviesa fronteras, gobiernos y culturas.

Privatizar el mundial: la línea que separa el deporte del mercado

La propuesta de Infantino consiste en tratar las copas del mundo como un activo vendible, con acciones ofrecidas a inversionistas. No es una idea nueva en el deporte, pero sí lo es la escala y el tipo de capital involucrado. Cuando aparecen nombres como JP Morgan, la lógica deja de ser deportiva y se vuelve financiera. Y es sin duda, una mala noticia para los países pobres.

Infantino no se le ocurrió esto hace una semana, esto se vienen gestando meses atrás, hay negociaciones avanzadas con capitales vinculados a la familia Trump, entonces el proyecto adquiere un matiz político, clasista y que rompe la democratización, de por si frágil de la FIFA. No hay forma de ignorar este hecho. El futbol no puede rendirse ante ideas fáctica y muchos menos que en pos del retoro de inversión atropellan y agredan la igualdad deportiva.

La FIFA está abusando de su posición dominante o vulnerando principios de competencia y gobernanza democrática en el deporte. Este mundial será recordado por la mancha negra del trato injusto y violatoria a Irán, entre otros casos, ahora imaginemos esto a través de inversionistas que exigiendo su poder y dividendos, tomen decisiones por ideología política y no por el futbol y su ecosistema de convivencia global.

El problema central es sencillo: convertir el mundial en un producto financiero implica someterlo a intereses externos, ajenos a la forma local, regional y mundial en que se mantiene el delicado equilibrio para que sea el mérito deportivo el que prevalezca y eso cambia todo.

El dinero ya no se repartiría igual: la lógica del retorno manda

FIFA reparte anualmente 4 millones de dólares a las 211 Fderaciones miembro, además que otorga a través de diversos programas de infraestructura, desarrollo, capacitaciones dinero y lleva y la operación de todos los mundiales.

Es muy obvio la forma en que Infantino busca que este proyecto avance, ofrece más dinero a las Federaciones, suena maravilloso, pero la pregunta claves es: ¿A cambio de qué?

El riesgo más evidente es que el capital privado exige retornos concretos y constantes. Bajo esa lógica, los criterios actuales de reparto —que buscan equilibrio y desarrollo global— se verían alterados. Los mercados grandes, los países ricos y las plazas con mayor rentabilidad inmediata serían los beneficiados naturales.

Los inversionistas son una pesadilla, lógico, buscan le regreso de su dinero. La distribución además de politizada estaría forzada a países ricos o donde sean potencia para el futbol. Proyectos en regiones menos rentables, como islas del Caribe u Oceanía, Africa, quedarían relegados. El dinero se concentraría donde regresa más rápido, mercados potentes. La desigualdad, lejos de reducirse, se profundizaría. La supuesta “democratización del dinero” sería un eslogan vacío dentro de un esquema guiado por la lógica financiera.

Las objeciones no son solo económicas: también éticas e institucionales

La entrada de inversionistas con expectativas de retorno chocaría con la ética deportiva y con la competencia en igualdad de condiciones. Hoy existen reglas claras para repartir ingresos dentro de la FIFA; mover esa estructura implica tocar regulaciones, estatutos y equilibrios que sostienen el sistema.

No es casual que UEFA y CONCACAF ya hayan expresado su rechazo. La viabilidad política del proyecto se complica. Y la próxima asamblea de la FIFA será un punto de tensión: ahí se discutirá tanto esta iniciativa como la posible ratificación de Infantino.

Según el análisis, el presidente estaría negociando sin autorización formal del Comité Ejecutivo. Eso abre un frente interno y un cuestionamiento político que la FIFA no suele tolerar bien.

Lo que está en juego no es solo un modelo de negocio. Es la identidad del fútbol como bien social, parte fundamental de los pocos lenguajes para comunicarnos entre todos los países. Si el mundial se convierte en un activo financiero, el deporte se moverá hacia un terreno donde manda el capital, no la competencia, no el desarrollo, no la comunidad futbolera.

La pregunta de fondo es simple: ¿quién debe decidir el futuro del fútbol, las federaciones o los inversionistas?

Y la respuesta, si no se discute con seriedad, podría llegar demasiado tarde.

 

 

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